jueves, 27 de enero de 2011

2º Parte

– Ya desperdiciamos tres días, hay que apurar el paso. – dijo ella sin siquiera mirar atrás.

El joven se balanceaba de lado a lado intentando caminar recto, aunque no podía. Tenía ojeras y parecía estar exhausto. A su lado ella resplandecía aún más que de costumbre. La damisela se movía ligeramente, sin siquiera hacer sonar una hoja. Parecía dueña de aquellos verdes bosques. La mujer lo tomó y de un tirón lo lanzó contra un árbol. Le hizo un gesto para silenciarlo. La dama tomó la espada y esta resplandeció en un brillo plateado. La mujer se agachó y lentamente se irguió en medio del camino, casi a la altura en que estaba él.

“Una distracción” comprendió el joven. La doncella pronunció unas palabras en un idioma que él no entendió, pero de algo estaba seguro, si las cosas se ponían peligrosas el tenía que continuar su camino hasta que ella fuese en su encuentro. Esa fue una de las primeras reglas que ella impuso. “Nada de hacerse el héroe” había dicho “si tienes que correr, corre, y si me tienes que abandonar, abandóname” había dicho seriamente. No le había gustado la forma en que lo dijo, como si su vida no importase. El muchacho esperó y esperó pero ningún sonido siguió a la voz de la mujer.

Ella se movió lentamente, sabía que él se encontraba entre los bosques. Si tan solo lograba hacerlo salir a la luz tendría razones para atacarlo. Se rindió al rato y envainó su espada, el brillo se apagó al igual que sus emociones. La mujer cazó al muchacho del brazo y lo fue arrastrando en silencio, él no dijo nada. Continuaron la silenciosa peregrinación. Llegaron a un pequeñísimo claro y ella dio órdenes de descansar. El joven se desplomó en silencio y se durmió al instante. Ella se subió a uno de los magnos árboles y esperó a que la noche llegase.

El sol se puso y su figura cambió. Sus largos cabellos se tiñeron de un negro azabache y sus ojos del color de la miel tomaron el color del cielo -un celeste que brillaba en la noche-. El brillo plateado de su piel fue cambiando y de a poco se fue asemejando al brillo del sol -un dorado que habría encandilado a los pecadores-. Su edad se mantuvo, al igual que aquél día en que había abandonado todo, seguía en el verano de sus veintiocho años, aunque hubiese vivido muchísimos milenios. La mujer se estremeció ante el frío y bajó de un salto.

Abandonó el claro, no sin antes asegurarse de que el muchacho estaba fuera de peligro. Sacó de su riñonera unos cristales y los fue acomodando alrededor del joven. Pronunció unas palabras y, como si un ritual se hubiese llevado a cabo eficazmente, todos los cristales adquirieron un color violáceo y acunaron la figura del muchacho entre sus brillos. Ella regresó con algunas ramas secas y algún que otro pedazo de tronco. Encendió una fogata y, una vez que la llamarada era potente, regresó a su puesto de vigilancia en lo alto de los árboles.

Entre las horas de la noche la mujer cambiaba de posición y de árbol, además de atizar el fuego. Una vez que hubo acabado de dar una vuelta entera al claro bajó y apagó la fogata. Buscó señales de lastimaduras o algún tipo de malestar en el joven y, sin encontrar nada, fue en busca de agua y comida para el desayuno. Abandonó el claro por segunda vez, pero segura de que él estaría bien cuando el sol mostrase sus primeros brillos matutinos. Regresó en menos de media hora y fue borrando la estadía. Tomó los troncos chamuscados y los ató entre las ramas altas de los árboles y esparció las cenizas haciendo círculos alrededor de las arboledas. Guardó las frutas secas en el bolso, para el resto del día, y preparó algo parecido a un plato, pero hecho de hojas. Dejó a un lado del muchacho unas cuantas frutas y el agua que había recogido en la cantimplora. Retiró los cristales y los guardó cuidadosamente.

La doncella regresó al árbol inicial y comió los frutos de aquél hermoso bosque. Comió de una de las frutas que había recogido, la parecía una ciruela de pequeño tamaño pero de un color azulado. El interior era carnoso y tenía un color violáceo, aunque despedía un líquido platinado. Tenía ese sabor característico, dulzón y refrescante. Terminó su desayuno al tiempo que salía el sol y el muchacho despertaba. Su figura cambió otra vez, aunque su protegido no lo notase. Sus cabellos adquirieron ese color tan rubio que era casi blanco y sus ojos tomaron el color de la miel, mas su piel despedía el brillo lunar. “La dos caras del mundo” pensó para si misma “una se esconde mientras la otra se muestra”. La mujer esperó que él terminase de comer y desperezarse y bajó.

El muchacho despertó a la par que el sol lo hacía, no pudo detener su embobamiento ante aquél hermoso amanecer. Se deshizo de sus contracturas, causadas por dormir dentro de aquella armadura y en el suelo. Pronto descubrió la comida a un lado. Comió en silencio degustando cada una de las nuevas experiencias. Todo aquello era nuevo, no había estado preparado para tanto. Había imaginado todas las situaciones, pero entendió al llegar que no habría durado sin la compañía de aquella silenciosa damisela. Bebió su agua y esperó a que ella apareciese mágicamente desde algún lado del bosque. Como respondiendo a sus plegarias la mujer apareció, de un salto, frente a sus ojos. Seguía igual de inmaculada. Se plantó frente a él, con sus aires de arrogancia que tanto le llamaban la atención.

– Te llevaré al río. – le dijo esperando que él se irguiese.

El joven obedeció y la siguió. Llegaron al mismo arroyo que nacía de una pequeña cascada. El mismo del cual ella había recogido el agua fresca. Llenó las dos cantimploras y se lavó la cara, luego se acomodó las ropas y comenzó a alejarse. Él no comprendió al instante y comenzó a seguirla.

– Puedes lavarte. – dijo antes de desaparecer dentro del bosque.

Él comprendió. Esperó a que la figura de su protectora desapareciese antes de salir de su armadura. “Espartana” pensó y luego rió. Se quedó unos minutos contemplando el lugar. Se despojó de su armadura y se sentó al lado del arroyo. Una vez seguro de que nadie lo vigilaba se quitó la remera que llevaba. En su espalda relucieron las marcas de un doloroso tatuaje rojizo. Recordó el porqué de su viaje. Debía aceptar el trabajo encomendado para poder deshacerse de aquella antigua maldición. Toda su familia en algún momento la había llevado. Una antigua maldición que recaía en ciertas generaciones, si el portador se dejaba estar entonces moría. No había escapatoria conocida en su mundo. Como una salvación había aparecido aquél sueño. El muchacho se bañó pensativo y volvió a vestirse. Una vez refrescado tomó conciencia de su armadura. Mientras esperaba se dedicó a darle algún que otro cuidado. Una vez que terminó se lavó las manos y la cara por segunda vez. Mientras se estiraba y antes de volver a la armadura la vio llegar por el mismo lugar por el cual había desaparecido.

Ella aprovechó el tiempo para regresar al claro y borrar todas las huellas que quedaban. Una vez segura de que no los encontrarían se adentró en el corazón de aquél frondoso bosque. Avanzó y avanzó sin encontrar obstáculo alguno. Luego regresó y se encontró con un chico. Un joven de no más de veinte años, todo mojado y en ropajes comunes, sin aquella armadura ridículamente exagerada. Por un momento le tuvo compasión. “Tan joven y tan noble pensó “que desperdicio… de seguro morirá en su camino de regreso”. El mal augurio estrujó el corazón de la mujer. El joven comprendió que algo andaba mal.

– Tenemos que partir – dijo ella.

Sin más se dio media vuelta y comenzó a guiarlo. Adaptándose a su paso y, como siempre, velando cada uno de los paso de él. Vigilando cada esfuerzo y deteniéndose cada vez que el lo necesitaba.

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