– Ya desperdiciamos tres días, hay que apurar el paso. – dijo ella sin siquiera mirar atrás.
El joven se balanceaba de lado a lado intentando caminar recto, aunque no podía. Tenía ojeras y parecía estar exhausto. A su lado ella resplandecía aún más que de costumbre. La damisela se movía ligeramente, sin siquiera hacer sonar una hoja. Parecía dueña de aquellos verdes bosques. La mujer lo tomó y de un tirón lo lanzó contra un árbol. Le hizo un gesto para silenciarlo. La dama tomó la espada y esta resplandeció en un brillo plateado. La mujer se agachó y lentamente se irguió en medio del camino, casi a la altura en que estaba él.
“Una distracción” comprendió el joven. La doncella pronunció unas palabras en un idioma que él no entendió, pero de algo estaba seguro, si las cosas se ponían peligrosas el tenía que continuar su camino hasta que ella fuese en su encuentro. Esa fue una de las primeras reglas que ella impuso. “Nada de hacerse el héroe” había dicho “si tienes que correr, corre, y si me tienes que abandonar, abandóname” había dicho seriamente. No le había gustado la forma en que lo dijo, como si su vida no importase. El muchacho esperó y esperó pero ningún sonido siguió a la voz de la mujer.
Ella se movió lentamente, sabía que él se encontraba entre los bosques. Si tan solo lograba hacerlo salir a la luz tendría razones para atacarlo. Se rindió al rato y envainó su espada, el brillo se apagó al igual que sus emociones. La mujer cazó al muchacho del brazo y lo fue arrastrando en silencio, él no dijo nada. Continuaron la silenciosa peregrinación. Llegaron a un pequeñísimo claro y ella dio órdenes de descansar. El joven se desplomó en silencio y se durmió al instante. Ella se subió a uno de los magnos árboles y esperó a que la noche llegase.
El sol se puso y su figura cambió. Sus largos cabellos se tiñeron de un negro azabache y sus ojos del color de la miel tomaron el color del cielo -un celeste que brillaba en la noche-. El brillo plateado de su piel fue cambiando y de a poco se fue asemejando al brillo del sol -un dorado que habría encandilado a los pecadores-. Su edad se mantuvo, al igual que aquél día en que había abandonado todo, seguía en el verano de sus veintiocho años, aunque hubiese vivido muchísimos milenios. La mujer se estremeció ante el frío y bajó de un salto.
Abandonó el claro, no sin antes asegurarse de que el muchacho estaba fuera de peligro. Sacó de su riñonera unos cristales y los fue acomodando alrededor del joven. Pronunció unas palabras y, como si un ritual se hubiese llevado a cabo eficazmente, todos los cristales adquirieron un color violáceo y acunaron la figura del muchacho entre sus brillos. Ella regresó con algunas ramas secas y algún que otro pedazo de tronco. Encendió una fogata y, una vez que la llamarada era potente, regresó a su puesto de vigilancia en lo alto de los árboles.
Entre las horas de la noche la mujer cambiaba de posición y de árbol, además de atizar el fuego. Una vez que hubo acabado de dar una vuelta entera al claro bajó y apagó la fogata. Buscó señales de lastimaduras o algún tipo de malestar en el joven y, sin encontrar nada, fue en busca de agua y comida para el desayuno. Abandonó el claro por segunda vez, pero segura de que él estaría bien cuando el sol mostrase sus primeros brillos matutinos. Regresó en menos de media hora y fue borrando la estadía. Tomó los troncos chamuscados y los ató entre las ramas altas de los árboles y esparció las cenizas haciendo círculos alrededor de las arboledas. Guardó las frutas secas en el bolso, para el resto del día, y preparó algo parecido a un plato, pero hecho de hojas. Dejó a un lado del muchacho unas cuantas frutas y el agua que había recogido en la cantimplora. Retiró los cristales y los guardó cuidadosamente.
La doncella regresó al árbol inicial y comió los frutos de aquél hermoso bosque. Comió de una de las frutas que había recogido, la parecía una ciruela de pequeño tamaño pero de un color azulado. El interior era carnoso y tenía un color violáceo, aunque despedía un líquido platinado. Tenía ese sabor característico, dulzón y refrescante. Terminó su desayuno al tiempo que salía el sol y el muchacho despertaba. Su figura cambió otra vez, aunque su protegido no lo notase. Sus cabellos adquirieron ese color tan rubio que era casi blanco y sus ojos tomaron el color de la miel, mas su piel despedía el brillo lunar. “La dos caras del mundo” pensó para si misma “una se esconde mientras la otra se muestra”. La mujer esperó que él terminase de comer y desperezarse y bajó.
El muchacho despertó a la par que el sol lo hacía, no pudo detener su embobamiento ante aquél hermoso amanecer. Se deshizo de sus contracturas, causadas por dormir dentro de aquella armadura y en el suelo. Pronto descubrió la comida a un lado. Comió en silencio degustando cada una de las nuevas experiencias. Todo aquello era nuevo, no había estado preparado para tanto. Había imaginado todas las situaciones, pero entendió al llegar que no habría durado sin la compañía de aquella silenciosa damisela. Bebió su agua y esperó a que ella apareciese mágicamente desde algún lado del bosque. Como respondiendo a sus plegarias la mujer apareció, de un salto, frente a sus ojos. Seguía igual de inmaculada. Se plantó frente a él, con sus aires de arrogancia que tanto le llamaban la atención.
– Te llevaré al río. – le dijo esperando que él se irguiese.
El joven obedeció y la siguió. Llegaron al mismo arroyo que nacía de una pequeña cascada. El mismo del cual ella había recogido el agua fresca. Llenó las dos cantimploras y se lavó la cara, luego se acomodó las ropas y comenzó a alejarse. Él no comprendió al instante y comenzó a seguirla.
– Puedes lavarte. – dijo antes de desaparecer dentro del bosque.
Él comprendió. Esperó a que la figura de su protectora desapareciese antes de salir de su armadura. “Espartana” pensó y luego rió. Se quedó unos minutos contemplando el lugar. Se despojó de su armadura y se sentó al lado del arroyo. Una vez seguro de que nadie lo vigilaba se quitó la remera que llevaba. En su espalda relucieron las marcas de un doloroso tatuaje rojizo. Recordó el porqué de su viaje. Debía aceptar el trabajo encomendado para poder deshacerse de aquella antigua maldición. Toda su familia en algún momento la había llevado. Una antigua maldición que recaía en ciertas generaciones, si el portador se dejaba estar entonces moría. No había escapatoria conocida en su mundo. Como una salvación había aparecido aquél sueño. El muchacho se bañó pensativo y volvió a vestirse. Una vez refrescado tomó conciencia de su armadura. Mientras esperaba se dedicó a darle algún que otro cuidado. Una vez que terminó se lavó las manos y la cara por segunda vez. Mientras se estiraba y antes de volver a la armadura la vio llegar por el mismo lugar por el cual había desaparecido.
Ella aprovechó el tiempo para regresar al claro y borrar todas las huellas que quedaban. Una vez segura de que no los encontrarían se adentró en el corazón de aquél frondoso bosque. Avanzó y avanzó sin encontrar obstáculo alguno. Luego regresó y se encontró con un chico. Un joven de no más de veinte años, todo mojado y en ropajes comunes, sin aquella armadura ridículamente exagerada. Por un momento le tuvo compasión. “Tan joven y tan noble” pensó “que desperdicio… de seguro morirá en su camino de regreso”. El mal augurio estrujó el corazón de la mujer. El joven comprendió que algo andaba mal.
– Tenemos que partir – dijo ella.
Sin más se dio media vuelta y comenzó a guiarlo. Adaptándose a su paso y, como siempre, velando cada uno de los paso de él. Vigilando cada esfuerzo y deteniéndose cada vez que el lo necesitaba.
jueves, 27 de enero de 2011
miércoles, 26 de enero de 2011
1º Parte..
La mujer rió ante la ignorancia de aquél muchacho. “¿Cómo pudo llegar tan lejos y tener tan pocos conocimientos?” se preguntó a si misma “Imposible saber” respondió para ella el espíritu que siempre la acompañaba. Recostada sobre la columna miró al joven que osaba penetrar sus dominios. Técnicamente no eran sus dominios, pero en aquél lugar al ser ella la guardiana de la puerta entre ambos mundos la nombraron “La emperatriz de Faghtel”.
– ¿Por qué deseas cruzar? – preguntó ella.
– Porque hay alguien con quien debo encontrarme. – respondió él.
La mujer pudo ver el brillo de sus ojos. El chico estaba diciendo la verdad. Él tenía un propósito y los cielos le permitían pasar. Solo aquellos con el valor para enfrentar lo desconocido y la determinación de su deber tenían el honor de enfrentarse ante la damisela. Muchos hombres habían intentado pasar, pero solo aquellos elegidos lograban que las puertas de la antigua iglesia se abriesen. El solo hecho de que él se encontrase ante ella significaba que tenía el derecho a traspasar.
– “Nada vivo debe cruzar nunca este umbral,” – repitió ella las órdenes que tenía ante el muchacho.
– “No a menos que se trate de aquellos que he elegido” – terminó la oración él.
“El joven no es ningún tonto” pensó para sus adentros la hermosa dama. “Pero no conoce los misterios de mi mundo” dijo algo disgustado el espíritu, la dama nunca había mostrado interés en nadie, nadie aparte de él. No le gustaba.
– Puedes pasar, pero tendrás que decirme tu misión. – dijo ella mientras saltaba por un hueco desde el segundo piso.
Cayó limpiamente luego de hacer una vuelta en el aire y se recostó ante la entrada al otro mundo. “Una simple puerta vieja” pensó el joven. Ella frotó un poco la entrada y miró como su acompañante se limitaba a flotar hasta su lado. Hizo ademán de tapar la entrada pero se movió ante una simple mirada de la mujer. No le temía, le amaba, ella siempre cuidó de él – un simple condenado –. No le gustaba aquél muchacho, olía a problemas. Los problemas no le agradaban al espíritu, ya que trataba de ser pacifista por amor a la doncella.
“Cuando me dijeron que tendría que enfrentarme a una mujer de más de 2500 años de edad no me imaginé que se vería tan joven. Largos cabellos dorados, una piel que irradia una pureza como nunca había visto. Es esbelta y alta, y tan solo armada con una espada. No lleva siquiera armaduras. Seguramente con los años de práctica no debe necesitarla” pensó para si mismo el muchacho mientras la miraba moverse.
“Es joven, sí, pero sus ojos irradian la sabiduría de mi señor. Si él ha decidido que es digno de cruzar no he de molestarme en probarlo. Parece haber entrenado para la batalla, aunque lleva más armadura de la que puede cargar, con todo ese peso debe ser tan lento como una tortuga” pensó la mujer. “Seguramente solo ha practicado con un maestro y nunca se enfrentó contra alguien en una real y feroz batalla” Le susurró al oído otro espíritu que acababa de aparecer. Ella odiaba cuando inesperadamente cruzaban almas desde el otro mundo para reencarnar en ese, aunque aquél día era especial. Había pasado al menos un milenio desde que alguien vivo entraba. Ella le indicó el camino al anciano que estaba casi sobre su hombro. El hombre obedeció y abandonó la iglesia en busca de su nuevo cuerpo.
Los extraños movimientos de la joven no alarmaron al muchacho en lo más mínimo. “Esa iglesia es el puente de las almas, y quien cuida ese lugar probablemente pueda verlas. Presta atención y solo responde si estas seguro de que se dirige a ti” le había aconsejado su maestro. La observó mientras hablaba en otro lenguaje con alguien invisible que debía de estar a su lado. La doncella se movía delicadamente, de la misma manera que les había visto hacer a las muchachas de su pueblo, pero esa mujer que tenía frente a él, al mismo tiempo en que era fina y suave con su cuerpo, tenía una velocidad casi inhumana. Algo en ella le atraía. Era como si la conociese desde hacia años y a la vez desde hacia segundos. “Probablemente nos habremos encontrado en otra vida” intentó explicarse a si mismo el por qué de aquella familiaridad para con esa mujer.
La doncella y el espíritu de decidieron abrir si aquél joven poseía alguna señal, entre sus recuerdos o físicamente, que demostrase él era uno de los elegidos. Las guerras en Faghtel se estaban volviendo algo peligrosas, no sería raro que su amo y señor mandase algún mágico salvador.
– Muéstrame tu deber. – dijo finalmente la mujer mientras se acercaba al muchacho.
El chico no se inmutó, permaneció en su lugar mientras ella hurgaba entre sus recuerdos. Pasaron algunos eternos momentos hasta que ella encontró lo que buscaba. Un simple sueño. Un sueño que relataba una historia. La historia del muchacho. Él debía encaminarse junto con ella hasta el reino de Grydo. Juntos llegarían a un acuerdo con la nación y entre algunas guerras evitarían la total destrucción. “Necesitaré un reemplazo" pensó ella mientras en su mente buscaba alguien situado para la tarea. “No tienes que preocuparte, él ya está aquí” dijo el espíritu.
Al tiempo que ella se daba vuelta un hombre abría las puertas. Las extrañas marcas en su cuerpo y las alas en su espalda la convencieron. Él era su reemplazo. Frederic se haría cargo de todo, y lo haría eficazmente.
La doncella subió un piso y tomó el único bolso que tenía. Se lo colgó al hombro y bajó pensativa. Recordaba todas y cada una de las rutas probables, pero la más segura era la más larga. “Con el hombre de hojalata nos tomará al menos dos años” pensó para sus adentros.
– No hay tiempo que perder. – dijo ella una vez que se encontraba frente al umbral. – Te acompañaré.
El joven obedeció. Había algo familiar en esa situación, ambos lo notaron. El muchacho la siguió y ella lo guió hasta el mundo contiguo, aquél que él desconocía.
– ¿Por qué deseas cruzar? – preguntó ella.
– Porque hay alguien con quien debo encontrarme. – respondió él.
La mujer pudo ver el brillo de sus ojos. El chico estaba diciendo la verdad. Él tenía un propósito y los cielos le permitían pasar. Solo aquellos con el valor para enfrentar lo desconocido y la determinación de su deber tenían el honor de enfrentarse ante la damisela. Muchos hombres habían intentado pasar, pero solo aquellos elegidos lograban que las puertas de la antigua iglesia se abriesen. El solo hecho de que él se encontrase ante ella significaba que tenía el derecho a traspasar.
– “Nada vivo debe cruzar nunca este umbral,” – repitió ella las órdenes que tenía ante el muchacho.
– “No a menos que se trate de aquellos que he elegido” – terminó la oración él.
“El joven no es ningún tonto” pensó para sus adentros la hermosa dama. “Pero no conoce los misterios de mi mundo” dijo algo disgustado el espíritu, la dama nunca había mostrado interés en nadie, nadie aparte de él. No le gustaba.
– Puedes pasar, pero tendrás que decirme tu misión. – dijo ella mientras saltaba por un hueco desde el segundo piso.
Cayó limpiamente luego de hacer una vuelta en el aire y se recostó ante la entrada al otro mundo. “Una simple puerta vieja” pensó el joven. Ella frotó un poco la entrada y miró como su acompañante se limitaba a flotar hasta su lado. Hizo ademán de tapar la entrada pero se movió ante una simple mirada de la mujer. No le temía, le amaba, ella siempre cuidó de él – un simple condenado –. No le gustaba aquél muchacho, olía a problemas. Los problemas no le agradaban al espíritu, ya que trataba de ser pacifista por amor a la doncella.
“Cuando me dijeron que tendría que enfrentarme a una mujer de más de 2500 años de edad no me imaginé que se vería tan joven. Largos cabellos dorados, una piel que irradia una pureza como nunca había visto. Es esbelta y alta, y tan solo armada con una espada. No lleva siquiera armaduras. Seguramente con los años de práctica no debe necesitarla” pensó para si mismo el muchacho mientras la miraba moverse.
“Es joven, sí, pero sus ojos irradian la sabiduría de mi señor. Si él ha decidido que es digno de cruzar no he de molestarme en probarlo. Parece haber entrenado para la batalla, aunque lleva más armadura de la que puede cargar, con todo ese peso debe ser tan lento como una tortuga” pensó la mujer. “Seguramente solo ha practicado con un maestro y nunca se enfrentó contra alguien en una real y feroz batalla” Le susurró al oído otro espíritu que acababa de aparecer. Ella odiaba cuando inesperadamente cruzaban almas desde el otro mundo para reencarnar en ese, aunque aquél día era especial. Había pasado al menos un milenio desde que alguien vivo entraba. Ella le indicó el camino al anciano que estaba casi sobre su hombro. El hombre obedeció y abandonó la iglesia en busca de su nuevo cuerpo.
Los extraños movimientos de la joven no alarmaron al muchacho en lo más mínimo. “Esa iglesia es el puente de las almas, y quien cuida ese lugar probablemente pueda verlas. Presta atención y solo responde si estas seguro de que se dirige a ti” le había aconsejado su maestro. La observó mientras hablaba en otro lenguaje con alguien invisible que debía de estar a su lado. La doncella se movía delicadamente, de la misma manera que les había visto hacer a las muchachas de su pueblo, pero esa mujer que tenía frente a él, al mismo tiempo en que era fina y suave con su cuerpo, tenía una velocidad casi inhumana. Algo en ella le atraía. Era como si la conociese desde hacia años y a la vez desde hacia segundos. “Probablemente nos habremos encontrado en otra vida” intentó explicarse a si mismo el por qué de aquella familiaridad para con esa mujer.
La doncella y el espíritu de decidieron abrir si aquél joven poseía alguna señal, entre sus recuerdos o físicamente, que demostrase él era uno de los elegidos. Las guerras en Faghtel se estaban volviendo algo peligrosas, no sería raro que su amo y señor mandase algún mágico salvador.
– Muéstrame tu deber. – dijo finalmente la mujer mientras se acercaba al muchacho.
El chico no se inmutó, permaneció en su lugar mientras ella hurgaba entre sus recuerdos. Pasaron algunos eternos momentos hasta que ella encontró lo que buscaba. Un simple sueño. Un sueño que relataba una historia. La historia del muchacho. Él debía encaminarse junto con ella hasta el reino de Grydo. Juntos llegarían a un acuerdo con la nación y entre algunas guerras evitarían la total destrucción. “Necesitaré un reemplazo" pensó ella mientras en su mente buscaba alguien situado para la tarea. “No tienes que preocuparte, él ya está aquí” dijo el espíritu.
Al tiempo que ella se daba vuelta un hombre abría las puertas. Las extrañas marcas en su cuerpo y las alas en su espalda la convencieron. Él era su reemplazo. Frederic se haría cargo de todo, y lo haría eficazmente.
La doncella subió un piso y tomó el único bolso que tenía. Se lo colgó al hombro y bajó pensativa. Recordaba todas y cada una de las rutas probables, pero la más segura era la más larga. “Con el hombre de hojalata nos tomará al menos dos años” pensó para sus adentros.
– No hay tiempo que perder. – dijo ella una vez que se encontraba frente al umbral. – Te acompañaré.
El joven obedeció. Había algo familiar en esa situación, ambos lo notaron. El muchacho la siguió y ella lo guió hasta el mundo contiguo, aquél que él desconocía.
Hola a todos!
Esta es mi primera vez abriendo un blog, tenía ganas de tener un espacio en el cual poder plasmarme (sin tener que arrepentirme luego). Probablemente nunca llegue a usar mi nombre real aunque.. ¡eso es divertido!
Seguramente nadie pasará por estas páginas, pero yo tendré un lugar en el cual desahogarme, aunque nadie será testigo (a menos que consideremos la pc como uno ^^).
Seguramente nadie pasará por estas páginas, pero yo tendré un lugar en el cual desahogarme, aunque nadie será testigo (a menos que consideremos la pc como uno ^^).
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