Del diario de Alexander L. Michaelis, escrito a mano.
1889, Agosto 10.
Hace una semana exacta desperté en un cajón desalineado y todo carcomido por los años, dentro del mausoleo de la familia Chalos – según decía la inscripción en la entrada –. Las viejas puertas de madera no fueron un problema digno de relatar. Al salir tuve la oportunidad de ver mi reflejo en un charco pasajero. Mis ropas desgarradas parecían tener años en desuso. También descubrí una bolsa con 20 chelines en mi bolsillo, parecía lo único reciente. Lo más extraño de la situación fue el anillo que ocupaba mi dedo medio, era de plata y poseía una extraña piedra de color opalino azulado; brillaba de forma alarmante a la luz de la luna.
Me tomó hasta el amanecer encontrar un camino digno de seguir. Me tardé unas horas hasta llegar al primer poblado. Fangor siquiera merece ser llamado así. Apenas consta de una estancia, entre tres y cinco casonas compartidas, una biblioteca descuidada y a pocas millas la grandísima villa de invierno de los Ludvumen. Además hay una pequeña huerta y un establo común. Solo hay un mensajero en el pueblo y los carruajes públicos, según me han dicho, dolo pasan dos meses al año – para lo cual restan nueve de espera –.
Las únicas cinco atrevidas jóvenes del pueblo ya me han estado siguiendo y haciendo preguntas. Entre las charlas y evasiones reconocí cierto nivel intelectual en mí, aunque no poseo recuerdos específicos, como si gran parte de mi vida no hubiese existido. Me llevó un largo rato deshacerme de ellas. A fin de cuentas seguiré con la historia de ser un escritor pobre, en busca de inspiración, que ha sido víctima de continuos asaltos – lo cual explica mis harapientos ropajes –. Mantendré los chelines en secreto y los usaré para viajar al siguiente poblado o ciudad, si mi suerte me lo permite.
Carmille Flemi, una de las madres del poblado, me recomendó hablar con el único sastre del lugar, el señor Charles Domburg. El alegre hombre me recibió con sorpresa y acordamos que si lograba reunir quince chelines me fabricaría un cambio de ropa para el invierno próximo y otro para el verano siguiente. Su única ayudante, y esposa, Marina, me recomendó hablar con el señor Lenos, dueño de la posada. Gracias a la anciana acordamos que yo trabajaría para el hombre, como su ayudante, y éste me proveería comida, agua y una pequeña habitación privada – además de, cuando puede, hojas, pluma y tinta para mis historias –. He resuelto usar la mitad para este diario personal y con lo restante espero poder cumplir las expectativas del poblado. He tomado por nombre Everett Drewer, que fue lo único que se me ocurrió en el momento.
La posada apenas se mantiene a flote, ya que no hay viajeros, pero la mayoría de los habitantes come allí algún día de la semana. Lenos me hace barrer la entrada, limpiar los pisos y atender a la mayoría de los clientes, aunque como recompensa me deja usar algunas de sus ropas y me da la mayoría de las mañanas libres. “Chanting” es el nombre del lugar, posee diez habitaciones en el segundo piso que constan de una cama, un escritorio, un armario y, solo dos, también poseen unos pequeños sillones y una mesita. Seis de las habitaciones poseen camas dobles y solo cuatro simples. Arriba hay tres baños completos y abajo solo uno para los clientes. La planta baja consta de una barra curva con nueve taburetes, en la que siempre está el cantinero López con su clientela regular; el señor Domburg, el señor Leo Flemi y su hijo Luke, además del bibliotecario Nato, un amable señor que ronda sus sesenta. Hay, además, cuatro grandes mesas con bancos para seis, aunque solo tres están ubicadas en las partes luminosas.
1889, Agosto 21.
Ayer en la noche se desató una tormenta, lo cual atrajo una mayor clientela de lo acostumbrado. Recibimos un viajero peculiar. Nadie lo vio llegar y todavía me pregunto como lo habrá hecho, ya que no se escuchó el ruido de ningún carruaje. El hombre era alto y algo fornido, aunque bastante joven. Vestía ropas oscuras y llevaba un sobretodo largo de cuero negro. Causó un gran sobresalto en varias personas. Solo poseía un pequeño bolso de cuero y su gran bastón – lo cual era raro para alguien de la edad que aparentaba –. Llevaba puestas unas magnas botas de cuero negro, todas embarradas – lo cual me dio mucho trabajo al cerrar el lugar –. Acordó con Lenos que se hospedaría en la habitación más lujosa y apartada. Pagó por tres meses. No me permitió llevar su equipaje.
Solo bajó para comer – y lo hizo en la mesa más oscura –. En ningún momento me quitó la vista de encima. Una vez que finalizó su comida salió por la única entrada y desapareció en la tormentosa noche.
Una vaga imagen se fue formando. La hermosa dama bailaba en un hermoso jardín con bellísimas flores. Los rayos del sol parecían jugar con sus cabellos. La misteriosa figura femenina extendía su mano y, no importaba qué, él no podía alcanzarla. La mujer bailaba hasta quedar justo debajo del magno roble, y a su sombra los cabellos crecían y su figura se desformaba. Un cegador centelleo esmeralda; una horrible bestia invadía el lugar de la figura; la luna conquistaba el cielo. El ataque se produjo y los colmillos se introdujeron en el pecho del joven, no pudo detener al animal. El hermoso amanecer despertó luego de una tormentosa noche. Everett abrió los ojos exaltado por el extraño sueño que acababa de tener.
Se sentó en la pequeña e incómoda cama en la que se había quedado dormido la noche anterior. Se secó las gotas de sudor de su frente y las pequeñas lágrimas que escapaban de sus asustados ojos malva grisáceos. Se llevó una mano al pecho y comprobó que no había marca alguna de aquellos colmillos. Se acomodó las ropas y fue a darse un baño matutino. Se arregló la cabellera y la ató con un pequeño lazo que le había prestado Lenos. Se terminó de vestir y regresó al cuarto. Pasó un largo rato admirando las blancas hojas. Tomó y dejó caer la pluma varias veces. Al final, rendido, abandonó el cuarto y bajó las escaleras.
La cocinera, Lemina, le preparó el desayuno. Charlaron un rato y el joven recuperó su color. Siguieron, el uno con la compañía del otro, realizando sus tareas. Ya eran las doce y media cuando el ocupante bajó lentamente. Se sentó a la barra en silencio y esperó a que Everett le llevase el desayuno especificado. El hombre comió en silencio y luego volvió a desaparecer por la puerta de entrada con una mirada seria. Justo en el momento en que él había desaparecido una joven muchachita entró a la posada.
La pequeña llevaba un osito entre sus brazos y un pequeño gorro con moño en su peinado. Sus hermosas y detalladas vestiduras al estilo gótico eran del color de las rosas salvajes. Uno de sus ojos esmeraldas estaba cubierto por su largo flequillo rubio. Los rulos dorados caían hasta su pequeña cinturita. La infanta se adelantó con paso firme y decidido. Tomó la manga de la camisa de Everett e intentó arrastrarlo. El hombre la miró sorprendido e inmutable. Lemina salió al comedor un momento para recoger los platos sucios y rió ante la escena. La muchachita ofendida soltó al joven y se paró indignada frente a la mujer.
– Inmunda mujer, arrodíllate ante mí. – Le exigió.
Lemina la miró sorprendida y solo fue entonces que reconoció el escudo de los Ludvumen. Apresuradamente la mujer se arrojó al suelo y se ubicó a los pies de la jovencita. La pequeña rió y le dio la espalda. Se movió rápidamente hasta la entrada e hizo señales. Al volver a estar frente a él, Everett logró distinguir en el meñique izquierdo de la criatura un hermosísimo anillo de plata con un diamante incrustado que poseía diferentes grabados violáceos en su interior. La muchacha lo señaló y dos hombres, vestidos de pies a cabeza de negro, se le abalanzaron encima. Lo arrastraron al comando de ella por la calle principal hasta que llegaron a un carruaje.
Lo subieron a la fuerza y lo inmovilizaron atándolo dentro. La pequeña se sentó frente a él. Los dos guardias simplemente se ubicaron a los lados de ella, como presunta protección. El joven seguía sin entender nada. Espero pacientemente en silencio hasta que llegaron a la casa de la jovencita. La infanta bajó primera. A Everett lo arrastraron una vez fuera. Pasaron por incontables salas y pasillos hasta llegar al subsuelo. Los hombres lo ataron a una silla en medio de la extrañísima pieza. Ella les ordenó marcharse; ellos obedecieron.
Pasaron unos momentos de silencio incómodo y él forcejeó con las cuerdas más de una vez. La joven lo miraba en silencio. Cada vez que cruzaban las miradas ella siempre desviaba sus ojos hasta el suelo o a su muñeco. Al final el joven se rindió y se dejó estar, esperando que ella revelara sus pensamientos.
– ¿Acaso hice algo malo? – preguntó al ver que ella no hablaba.
– Entonces es verdad… – dijo ella.
– ¿Verdad? – preguntó él.
– No recuerdas absolutamente nada ¿No es así?
– ¿Cómo sabes eso? – preguntó él.
– Simple – dijo la infanta –. No reconociste a Francis.
– ¿Francis?
– El joven que fue a la posada. – dijo ella – Lenos no debería haberle dado aquella habitación, pero son momentos difíciles, seguramente necesitaba el dinero.
– Sigo sin entender. – dijo él.
– No necesitas hacerlo. – respondió la infanta. – ¿Cuantos años crees que tengo?
– Siete – respondió el sin pensarlo.
– ¿En serio? – preguntó ella, ahora escudriñándolo con una gélida mirada.
– ¿Nueve? – preguntó él.
– La verdad es que no. – dijo ella mientras abandonaba su asiento y daba vueltas alrededor de la silla en la que Everett se encontraba atado.
La muchacha acomodó el osito de felpa sobre la falda del hombre y esperó. En realidad el muñeco no tenía nada en especial, era más bien un muñeco viejo y algo andrajoso. En si solo constaba de la cabeza de un oso negro con dos botones blancos como ojos y una boca cocida – del mismo color –, el cuello y el cuerpo estaban separados y unidos por hilos, y se separaban otra vez los brazos. Entonces algo extraño sucedió. El oso se movió. Se paró frente al hombre y se le subió por las cuerdas hasta llegar al hombro. Después se le paro en la cabeza y comenzó a bailar y a patalear.
– Mi señora no tiene nueve. – gritó con una voz chillona.
Everett se quedó quieto, muy quieto. No podía asimilar ese tipo de información. Normalmente los peluches no se mueven.
– No te alarmes… Es solo un pequeño truco. – dijo la joven y luego rió.
– Mi señora no tiene nueve. – repitió el muñeco y le pegó una patada a la cabeza del pobre hombre.
– No se debe tratar así a las visitas Joshi – dijo ella cariñosamente mientras tomaba al muñeco.
La figurilla comenzó a moverse y forcejear un poco en los brazos de ella pero luego se calmó y trepó hasta el cuello de está. Allí se prendió y no lo abandonó en lo que restaba del encuentro. La muchacha sacó de entre sus lazos un pequeño cuchillo y cortó todas las sogas que sofocaban al invitado. Everett no se movió ni un milímetro.
– No tengas miedo. – comenzó ella mientras se quitaba el sombrero y corría su flequillo. – Ya nos conocemos desde hace mucho. – Su ojo derecho era algo rojizo o violáceo y había una marca de un extraño sello. – Esto es lo que me gano por querer compañía. – dijo ella mientras señalaba su ojo.
– ¿Compañía? – preguntó él.
– Joshua nació de un pacto, ese es mi poder. – dijo ella señalando el diabólico muñeco que ahora se dedicaba a morder el lazo que ella levaba en su cuello. – Como consecuencia ahora tengo un ojo que no puedo mostrar. Pero… dentro de todo no me salió tan caro ¿No crees?
El joven cada vez entendía menos. Parecía perderse en un universo paralelo lleno de extrañezas.
– Bueno la verdad es que mi edad no influye en nada, los jugadores no somos exactamente normales.
– ¿Jugadores? – preguntó él al instante. Esa palabra parecía resonar en lo más profundo de su ser.
– Si. – dijo ella con una acusadora mirada. – Jugadores.
La muchacha le acercó su mano a la cara y señaló su anillo, luego señaló el bolsillo del joven. Este sacó el anillo, con el que había despertado en el ataúd, y lo ubicó en su dedo medio izquierdo.
– Jugadores – repitió ella.
– ¿Cuántos años tienes? – preguntó el sin quitar la vista de su anillo opalino azulado.
– Si contamos todos los juegos ciento cincuenta. – dijo ella y pudo leer el horror en la cara del joven. – Pero en esta partida solo tengo trece. Creí que te alarmarías menos si me veías en esta forma, pero veo que cuanto más pequeña más temible me veo ¿Verdad?
La muchacha se alejó unos pasos y susurró algunas palabras. El muñeco creció en tamaño y se puso a maldecir al viento. La joven fue mutando y el vestido parecía que estaba a punto de reventar. Frente a él había una pequeña mujer que lo miraba inmutable. La joven desapareció por una puerta y luego volvió con nuevas ropas, muy parecidas, solo que eran más grandes y de un color azulado-violáceo.
– Quiero que unas fuerzas con migo para esta partida. – le informó ella y se sentó en la silla frente a él.
– Antes quiero saber cuales se supone que son mis poderes, y qué representa esta roca. – dijo señalando su plateado anillo.
– La verdad es que desconocemos cuales son tus exactos poderes. Nunca nos los mostraste en realidad, creemos que se trata de algo que tenga que ver con la mente, como leer los pensamientos, o tener premoniciones. Se supone que es así como lograste borrar tus recuerdos. Aunque ninguno de nosotros sabe exactamente el por qué de tus acciones. Esperábamos que nos pudieras decir… cuando recuerdes está claro – se apresuró a decir.
Hubo una pausa.
– No pude evitar notar que en todo momento hablaste en plural. – dijo él.
– Me estaba refiriendo a todos los jugadores. – especificó ella.
– ¿Cuantos… somos? – preguntó algo incómodo él.
– En total somos siete… al menos hasta ahora. – dijo ella.
– ¿Y cual es el objetivo de este juego?
– Nada en especial… solo pasar el rato. – dijo ella. – Aunque eso no le quita el peligro. – la muchacha rió.
– ¿Peligro?
– Depende de la partida. La vez anterior fue una lucha todos contra todos. La anterior a esa fue una lucha por equipos y la anterior una lucha contra Fargot.
– ¿Fargos? – preguntó intrigado el joven.
– Un escurridizo demonio. – explicó ella sin mucha gana. – La verdad es que en todo momento el juego se trata de ver quien es el último en pie. En algún momento se hereda el anillo y una gran fortuna, además de un título de nobleza, y luego las reglas de la nueva partida nos llegan a través de los... Zwelik, que vendrían a ser algo así como… entes que vigilan que las reglas se cumplan. – dijo algo incómoda ella mientras apretaba un poco a Josh entre sus manos.
– Entonces, espera un momento… ¿Cuál es mi nombre?
– En esta época respondes al nombre de Príncipe Alexander Luke Michaelis de Hofgoove, siguiente en ascender al trono y único en el linaje de la familia real. Bastante interesante ¿No te parece? – dijo ella con una pequeña sonrisita.
– ¿Príncipe? ¿Se supone que tendré que ascender al trono pronto? – preguntó él bastante alarmado.
– No te preocupes, fuiste entrenado para eso. En estos momentos tu paradero es desconocido. Se conoce que fuiste secuestrado y tu padre esta considerando seriamente pagar un rescate. Espero que no intentes ninguna locura. Mi familia te llevará a casa y seguramente recibiremos un jugoso premio. – dijo ella mientras mimaba un poco a Josh.
El joven se levantó y se dirigió a la salida.
– Nadie te detendrá. Pero recuerda que seremos nosotros quienes te entregaremos.
Él no respondió.
– ¿Como se supone que te llame? – preguntó Everett mientras abría la puerta.
– Soy la Duquesa Cecile Diane von Ludvumen. No lo olvides Alex... – dijo entre susurros ella a la par en que la puerta se cerraba.